¿Votantes vencidos o convencidos? Controlar o liderar

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Por: Jorge Alejandro Sánchez Rojas | MSc. en Planificación Estratégica

Probablemente una de las tragedias más evidentes del escenario político latinoamericano en todos los tiempos es la inmadurez electoral: muchos pueblos  latinoamericanos, y en especial nosotros los venezolanos, seguimos siendo cándidos e inclusive superficiales al momento de identificarnos con una determinada tendencia política, reflejando quizás que esto lo trabajamos desde nuestra profunda ignorancia del tema de la organización humana para el logro de objetivos comunes, todo quizás por haber vivido procesos de gestación republicana intensos y muy singulares.

Debemos aceptar inicialmente que somos un grupo de países “recién nacidos” y que, de hecho, aún algunos no hayamos llegado a la adolescencia con sus respectivas consecuencias e impactos. De lo anterior puede inferirse entonces que podamos ser presa de todo tipo de intereses que se expresan en discursos cuya única intención es la fragua de un catálogo de conveniencias individualistas, siempre divorciadas de la anhelada representatividad virtuosa que exigen los electorados.

Para que lo anterior no ocurra es necesaria la educación política. Y esa educación política, siendo en gran parte responsabilidad de los partidos, sea cual fuere su tendencia o ideología, debe pactar con un tronco común para dar valor y poder al electorado: la experiencia de enseñar doctrina política debe estar apoyada sobre la virtud cívica. Esta expresión de ciudadanía consciente debe ser el leitmotiv de todo discurso político; debemos comprender que la virtud cívica es ese impulso interior que induce a las personas a actuar en forma alineada con el interés público, el interés de todos por igual. En razón entonces de que la virtud cívica es constituida por valores y fuerzas que estimulan a la realización de acciones concretas, debemos desvincular el ejercicio del liderazgo político de las expresiones de poder excluyentes y también de las disposiciones “singulares” de carácter, porque el verdadero poder es insertar la convicción de que, ENTRE TODOS, se pueden hacer grandes cosas PARA TODOS.

No obstante, para que la solidaridad y el altruismo -propios de la virtud cívica- se expresen, son necesarias la lógica y la sensatez en la expresión del discurso del líder político o de lo contrario, no pasará de ser una bonita arenga o en el mejor de los casos, un stand-up comedy con la audiencia uniformada con franelas, pitos y banderas.

Se debe empoderar al electorado con los recursos de la doctrina política que se profesa, sin traicionar el pacto de convivencia que supone la honra a la virtud civil. Es allí el momento de llevar a las máquinas a votantes CONVENCIDOS por los valores humanos y no votantes VENCIDOS por el control que ejercen los prejuicios de afiliación a un partido: ya la historia está llena de casos donde un “encantador de serpientes” se hizo con la emoción de una mayoría, haciéndole creer que tenía un gran poder con todos impulsando en conjunto, para luego adquirir la investidura formal de ese poder y abandonar a los seguidores, quienes, por el orgullo de no querer admitir su error, siguieron apoyando a la persona, vencidos por la realidad de saber que fueron copartícipes de la implantación de una gestión divorciada de ellos, sus promotores.

El planificador estratégico aquí puede ofrecer sus servicios para hacer estudios de valoración de estrategias y contenidos políticos para alinearlos con la virtud cívica del electorado y poder dar consistencia a escritos y alocuciones: nada más importante que colocar la verdad en su puesto, ya que ella es la cola de la cometa de la esperanza en el discurso argumentativo de la oferta electoral.

@Joalsaro

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