Reagan y Trump, enemigos del Estado

agosto 16, 2018

Por: Jesús Piñero | Lic. en Historia

Ronald Reagan y Donald Trump incursionaron dentro de la política cuando tenían una edad muy avanzada, sobre todo si su debut se compara con la de otros presidentes como Richard Nixon o John F. Kennedy, quienes antes de pensar en ser presidentes, ya militaban dentro de sus partidos. Tampoco sus familiares estuvieron inmersos dentro de la administración pública, como John Quincy Adams, Franklin Delano Roosevelt o George W. Bush. Provienen del mismo corazón de la nación: no se criaron en las grandes ciudades de las dos costas, sus orígenes están en los condados aislados del ambiente cosmopolita y ambos se dedicaron a otros asuntos, previo a su llegada a la primera magistratura.

Reagan era actor de cine. Su pasado como estrella de Hollywood pareció ser su talón de Aquiles ante la vista de sus adversarios, sin embargo, su trabajo como actor pasó desapercibido y no generó mayores revuelos en la campaña electoral. Trump, aunque no tiene una trayectoria como celebridad, estuvo dentro del medio del entretenimiento por varios años, es uno de los empresarios con mayor capital en la industria. Pero no fueron esos aspectos de su vida los que los llevaron a la presidencia. Fueron sus discursos los que reavivaron un espíritu que parecía apagado por las políticas pasivas de los mandatarios demócratas predecesores: Jimmy Carter y Barack Obama.

Durante las campañas electorales, los dos candidatos fueron líderes de la opinión pública. La contundencia de sus declaraciones conmocionó a todo el mundo. Reagan se enfrentaba a la reelección de un hombre que había bajado la moral estadounidense tras la Guerra de Vietnam y la crisis de los rehenes en Irán. Trump, por su parte, evitó a toda costa que la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton, consiguiera la presidencia. Consideraba que mientras el gobierno federal aumentaba, disminuían las libertades fundamentales de los americanos, a diferencia de los inmigrantes que estaban siendo protegidos, sin regulación y con un excesivo gasto en programas sociales.

Pero, ¿cómo es posible que dos hombres tan radicales y con una opinión pública en contra, consiguieran la presidencia en la cuna de la democracia liberal? ¿Acaso la opinión pública no legitima a la representación política? Dar respuestas a estas interrogantes supone, entre otras cosas, conocer el origen y el funcionamiento del sistema democrático representativo de los Estados Unidos. No es el más popular quien tiende a ganar el máximo cargo del país, de ser así, en las últimas elecciones, Clinton hubiese salido victoriosa, pues logró capitalizar el mayor número en el sufragio popular. La persona que logra sentarse en la oficina oval de la Casa Blanca tiende a ser siempre la más apta, así sea un hombre que se haya declarado más de tres veces en banca rota como en el caso de Donald Trump.

Este principio quedó establecido implícitamente en el artículo 2 de la Constitución federal, como parte del checks and balances y la entonces temida interpretación de que las decisiones tomadas en democracia eran las de la mayoría sobre la minoría. Thomas Jefferson, en el discurso de su primera toma de posesión en 1801, ya lo dejaba explícito tras una agitada campaña electoral: “todos considerarán el sagrado principio de que aun cuando la voluntad de la mayoría es la que prevalece en todos los casos, esa voluntad, para ser justa, debe ser razonable; que la minoría goza de los mismos derechos, los cuales se ven protegidos por las mismas leyes, y que violar esos derechos sería una forma de opresión”.

Las ideas sobre la voluntad común y los ciudadanos capacitados expuestas por Emmanuel Sieyés en el siglo XVIII, fueron el fundamento teórico que se empleó para edificar la democracia representativa norteamericana. Entonces, la opinión pública de aquellos ciudadanos capacitados referidos en El tercer estado sí se vio reflejada en la elección de la representación política, en este caso encarnada por Reagan y Trump. Los colegios electorales recogieron la opinión de la mayoría y, de acuerdo a los intereses del Estado republicano y su supervivencia, filtraron a la voluntad general, representando a la opinión pública que, finalmente, legitimó las decisiones de la voluntad común sieyesiana.

Que Estados Unidos volviera a recuperar el liderazgo mundial fue el objetivo de Reagan. Buscaba reafirmar el destino manifiesto, obligar a las instituciones federales a dar un paso atrás. El enemigo era el gobierno, pues se había extendido en sus facultades, sobrepasando las limitaciones con las que emergió hacía casi doscientos años. La promesa de reducir los impuestos, el gasto público, las trabas burocráticas, un centenar de leyes y el personal innecesario, caló en un sector de los Estados Unidos que había estado sometido a pagar los platos rotos de la crisis dejada por la administración demócrata.

Donald Trump heredó parte de este escenario y lo capitalizó como más pudo. Pretendió, a través de su consigna “Make America Great Again”, replicar el impacto que causó Reagan en los años ochenta, cosa que muchos han calificado de forma negativa. Sin embargo, la satanización de Trump por parte de la opinión pública no ha borrado el motivo por el que consiguió la presidencia: es una respuesta a la pasividad de Obama ante los asuntos internacionales y, nuevamente, ante el avance de Rusia y China, así como el cuestionado liderazgo americano en Europa, la propagación del comunismo en Latinoamérica y, sobre todo, la inactividad frente al terrorismo islámico. Trump es otro de los tantos presidentes que se ha tenido que enfrentar al checks and balances.

No es la mayoría sobre la minoría lo que se impone en Norteamérica. La opinión pública de la voluntad común, de los ciudadanos capacitados e industriosos, es la que rige las decisiones de la nación, mediante la interdependencia institucional. Ronald Reagan y, ahora, Donald Trump, se han tenido que enfrentar a situaciones similares pero con diferentes particularidades y tiempos distintos. Los dos candidatos republicanos han llevado a un sector de la sociedad que por diversas razones, casi todas ejecutadas por los mandatarios predecesores, se mantuvieron callados frente al auge de otros grupos, que antes eran minoritarios y hoy son determinantes en el curso de los acontecimientos políticos.

 

@jesuspinero

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