Pablo Iglesias y la integridad del discurso político

mayo 25, 2018

Por: César Pérez Guevara | Abogado

“Rhett Butler: Frankly, my dear, I don’t give a damn”.

Gone with the Wind. 1939. David O. Selznick y Victor Fleming

         

En ocasiones la política se caricaturiza y parece sacada de un cuento que versa sobre el típico pícaro social, quien en sus páginas no guarda ningún reparo al momento de adaptar su discurso político a su propia conveniencia momentánea, todo ello con el fin de aprovecharse de sus conciudadanos para obtener un fin determinado ligado con la toma del poder.

En particular, en la política hispanoamericana algunos líderes no vacilan en no desmerecer su herencia picaresca y, por tanto, demuestran sus malos modales aprendidos, pareciendo así salidos directamente de los cuentos que probablemente escuchaban en su niñez, es decir, como el esclarecido español Lázaro de la obra El Lazarillo de Tormes o el famoso Tío Conejo de los cuentos infantiles venezolanos. De esta manera, determinados líderes se observan más interesados en la consecución de un fin vil, independientemente del contenido de su propio discurso; para ellos la consonancia y dignidad no significan nada, pues solo están obsesionados en hacerse con la cosa pública, a fin de desestabilizar, robar u oprimir: este es el caso de Don Pablo Iglesias Turrión.

Don Pablo Iglesias Turrión para cualquier ciudadano español promedio no necesita presentación, dado que él mismo ha creado en toda su imagen al pícaro por excelencia de la política hispanoamericana. Más allá de su apariencia zarrapastrosa que ha hecho que el buen español promedio le ponga de mote “el coletas”, de sus ideas absurdas —como proponer mociones de censura por hacer perder el tiempo a los parlamentarios—, lo más llamativo en la elaboración de su personaje ha sido sin lugar a dudas, el contenido de su discurso.

Para entender el discurso de Don Pablo Iglesias Turrión, primero hay que estar un poco familiarizado con eso que los más optimistas llaman materialismo histórico,  esa ideología colectivista desastrosa que ha sido la responsable de la muerte en las peores condiciones de millones de personas desde finales del siglo XIX y que significa la institucionalización de la envidia, la maldad y la complicidad criminal. Cónsono con ello, nuestro pícaro político Don Pablo Iglesias Turrión se ha encargado con la venia de las tiranías de Cuba y Venezuela —que endiosan a los mismos líderes políticos que él—, de elaborar un guión que ha implementado junto con sus compinches más vecinos, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, Pablo Echenique e Irene Montero, entre otros, teniendo principal valor esta última al constituirse en su pareja sentimental y estar embaraza de sus mellizos.

El discurso político anteriormente nombrado, no es otro que el del típico militante de izquierda radical,  aquel que señala que los recursos están mal distribuidos en la sociedad moderna y, por tanto, se encarga de vilipendiar a los ricos —que a su decir son los causantes de todos estos males—, razón por la que considera que estos últimos deben ser erradicados, junto con lo que -a su decir- son inventos burgueses, como la propiedad privada y la separación de poderes; todo esto a través de métodos no democráticos a fin de llegar a una sociedad utópica, en la cual ni siquiera haga falta el Estado y todo sea común a los individuos que lo habiten, los comunistas.

Ahora bien, ¿quién va a gobernar esta sociedad? Su respuesta es la dictadura del proletario. ¿Quiénes conforman esta dictadura del proletariado? Esta pregunta nunca ha sido respondida sin ambages discursivos, pero es un hecho que el pícaro político no estará lejos de los autócratas. Así ya lo han demostrado sus líderes endiosados, a quienes siguen como especies de guías espirituales: Lenin, Stalin, Mao, Fidel, Chávez, etc.

Como todo conformante de la picaresca política hispanoamericana, Don Pablo Iglesias Turrión no deja de imitar a sus líderes endiosados en lo fundamental. De este modo, demuestra su vocación autocrática y ególatra al durar más años en el cargo de Líder Supremo de Podemos de lo que los propios estatutos de su partido permiten; igualmente, se convirtió en el político español que más euros tarifa anualmente y por ello, como colofón, no se le ocurrió nada mejor en este mes de mayo de 2018 que comprarse una mansión de 660.000 euros, es decir, lo que los españoles llaman un “casoplón”.

El colmo del cinismo de nuestro pícaro Don Pablo Iglesias Turrión ha sido señalar a través de su cuenta de Facebook que todo ha sido realizado con ingresos honrados, cuando con su dedo acusador no parecía darle ninguna importancia a ello mientras habitaba en su barrio de Vallecas, ya que señalaba alegremente en 2012 que no se podía confiar la economía de un país a alguien que se compraba una casa de 600.000 euros —en relación a un ministro español—. Sin embargo, luego de su ostentosa compra, Don Pablo Iglesias Turrión sigue queriendo dominar no solo la economía de España, sino su política en general y convertirla en el totalitarismo que hoy viven países como Cuba o Venezuela.

Pero cómo puedo extrañarnos su obrar si ya hemos visto en el pasado como dos de sus máximos líderes endiosados, Fidel y Chávez, negaban su propio pensamiento al inicio de sus totalitatismos, señalando el primero que no era comunista y el segundo que no era socialista. Así vemos como el discurso político en los líderes pícaros de Hispanoamérica es cónsono exclusivamente con la ambición de quien lo pronuncia.

Por ello inicié este artículo con la famosa frase de Rhett Butler en Lo que el viento se llevó, cuando luego de haberle dado todo su amor a Scarlett O’Hara decide finalmente terminar para siempre su relación, producto de los malos tratos y sufrimiento que esta le ocasionó, llegando a burlarse de él muchas veces. Asimismo, espero que el poco porcentaje de pueblo español que sigue apoyando a Don Pablo Iglesias Turrión le abandone, pues la mofa constante que ha hecho este de las necesidades de aquellos que se sentían burlados por los representantes del pacto político de 1978, no merece más que, cuando -una vez más- pida otra oportunidad en las urnas electorales, le digan sin miramientos: “francamente estimado, no me importa un bledo”.

@cperezguevara

 

 

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