La paridad en la política

diciembre 24, 2018

Por: Yorbis Esparragoza | Lic. en Filosofía

Tanto los hombres como las mujeres son iguales respecto a la libertad y ante la ley; quien no comprenda esto ha caído en la trampa de la corrección política y de los medios de comunicación pro agenda marxista.

Cuando la lucha de clases pasó a ser una lucha de sexos gracias al trabajo de la perversa Escuela de Fráncfort, hubo una tendencia muy marcada en los países con agenda totalitarista o progresista para exigir leyes de paridad que obligan a la participación de la misma cantidad de hombres y mujeres, en lugares donde convergen el poder y la toma de decisiones públicas.

Así como falazmente se dice que a las mujeres les pagan menos, cuando en realidad eligen carreras que en el mercado laboral son menos valoradas o trabajan menos horas, exigir por ley que en la política haya paridad sin medir capacidades y propuestas es absolutamente irresponsable, además de peligroso. De hecho, podría darse el caso de mujeres que abusen de sus nuevos privilegios para que no sean tocadas, ni siquiera con la racionalidad, y desplacen a los hombres en los comicios sin prestar atención a las propuestas, solo a la sororidad.

Es sumamente importante entender que el tema no es la desigualdad, sino el Estado. Cuando el Estado se mete en las relaciones sociales conseguimos seguidamente la perversión de lo promulgado. Un ejemplo ficticio -y muy probable- que atañe al tema en cuestión podría ser la exigencia de la comunidad LGBTI+ a la división entre tres o más de los curules en un parlamento, lo cual es absolutamente viable en el caso de que una Ley de Protección contra la Violencia de Género denuncie que la Ley de Paridad es discriminatoria por contemplar solo dos sexos y no los 112 que la ONU avala.

¿Se entiende la jugada? ¿Se entiende el gasto público sacado de tu bolsillo por justificar la defensa del “género”? ¿Sabemos el peligro de no estar al tanto de lo propuesto, sino del sexo de los actores? Y por allí la cuerda se sigue enrollando.

Las formas de gobierno absolutistas poseen un discurso de odio, confrontación y resentimiento; por hacer justicia promueven la reivindicación de las minorías, como si “estos fueran mejores que aquellos” o como si la venganza -vista como justicia- fuera la mejor manera de garantizar el ejercicio de la democracia. Hacer política no significa eso, sino buscar el bien común, aumentar el nivel de calidad de vida y la justa convivencia, no el detrimento de unos para premiar a otros.

@YorbisEP

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