De la guerra económica, la dolarización y otros cuentos de campaña

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Por: Guillermo Martín | Dr. en Ciencias Políticas y Sociales

El mensaje como cuento

Muchos autores destacan la importancia de un relato ameno como expresión ideal para difundir el mensaje de un candidato o de una campaña permanente. Sin embargo, cuando el relato es repetitivo o resulta inverosímil, se vuelve aburrido y por ende inútil.

Precisamente, el relato ameno por excelencia es el cuento, el cual puede adoptar los formatos de prosa y verso, para ser transmitido tanto durante un mitin como a través de medios audiovisuales, impresos o electrónicos. El cuento suele ser breve, sencillo y fácil de recordar –y retransmitir-, como una canción cuyo estribillo (jingle) es el lema de campaña.

Lo que busca el cuento es identificar al público –electorado- con el protagonista del mensaje, ya sea el candidato, su partido o el gobierno como tal. Esa identificación puede ser lograda mediante recursos retóricos e imágenes que despierten emociones en los electores.

Claro está, no necesariamente el cuento es original. Muchas veces el relato de campaña está basado en arquetipos tales como el “buen padre”, “el salvador de la Patria” o cualquier otro personaje de la literatura o la cultura popular. ¿Acaso las telenovelas latinoamericanas no han versionado varias veces a “Cenicienta” y “Doña Bárbara”?

El problema está en que hacer otra versión de un arquetipo trillado requiere cierta imaginación y creatividad, para no hacerlo tan evidente y poco atractivo. Se debe motivar a que la imaginación –esperanza- del elector construya su propio desenlace –final feliz- a partir de las promesas implícitas en el mensaje.

La guerra económica o el cuento del lobo

En vez de cuidar responsablemente el rebaño a su cargo, cierto pastor se divertía a costa de los demás gritando “¡Ahí viene el lobo!” Cuando los demás hombres del pueblo venían en su auxilio, el pastor alarmista se burlaba de ellos. No obstante, preocupados por el rebaño, siempre acudían, hasta que un día en verdad vino el lobo y acabó con las ovejas. Moraleja: la solidaridad y la paciencia no son eternas.

Desde 1998 –o mejor dicho desde el 4 de febrero de 1992- hasta el 8 de diciembre de 2012, Hugo Chávez siempre culpó de los males del país a un supuesto monstruo: “la democracia puntofijista” (AD y COPEI) o –como él la llamó tergiversando la historiografía- “la Cuarta República.” Pese a que impuso su Asamblea Nacional Constituyente y disolvió todas las ramas del Poder Público, amén de gobernar años enteros por decreto gracias a varias leyes habilitantes, Chávez siempre se quejó de que “la Cuarta” no le dejaba gobernar en su “Quinta República.”

Con el pretexto de someter al lobo adeco-copeyano, el demagogo carismático no solo convocó elecciones y referendos cada vez que quiso, sino que dejó que “el pueblo” invadiera edificios, empresas y tierras, premiando con el clientelismo a una red de parásitos y acabando con el aparato productivo nacional. Naturalmente, tanto el “Carmonazo” como paro petrolero sirvieron a Chávez para probar la existencia del lobo; el problema es que con años de inhabilitaciones, persecución fiscal, expropiaciones, confiscaciones y control cambiario hace tiempo murió el “monstruo cuarto republicano”.

Cuando pasó la bonanza, con todo el poder en sus manos, ya el comandante no tenía culpables verosímiles para endilgarles la responsabilidad de su desastrosa gestión –eso que mientan “legado”-; así que el lobo tenía que ser extranjero: “la derecha imperial”, porque los imperios de izquierda –China y Rusia- son buenos pastores…

Ya sin el líder fundador, su heredero político –con su eterna ley habilitante- rebautizó al lobo: “guerra económica,” como si lo que ahora se vive no fuese producto de una economía de guerra; es decir, un cementerio de comercios, fábricas, haciendas y hatos debido a políticas estatistas, confiscatorias y persecución fiscal o acceso discriminatorio al mercado de divisas. En otras palabras, “el legado” del demagogo carismático ha sido la quiebra del país, así que es inútil responsabilizar al puntofijismo obviando el período 1999-2012.

Si bien hay quienes aún creen que conseguirán un príncipe, cual Cenicienta de telenovela, cuesta imaginar que sobren los pastores dispuestos a inmolarse por quienes abandonaron el rebaño a su suerte –incluida PDVSA.

La dolarización voluntaria o el rey Midas

Érase una vez un rey muy ambicioso quien soñaba poder convertir en oro todo lo que tocara… Y su deseo le fue concedido. La comida, las bebidas, los animales… y hasta ¡su querida hija! fueron convertidos en piezas y estatuas doradas. Midas era al mismo tiempo rico y miserable hasta que el dios Dionisos se apiadó de él y le despojó del tacto áureo.

Cuando uno leía la propuesta para abatir la hiperinflación contemplada en “La gran transformación,” programa de gobierno de Henri Falcón, terminaba temiendo que alguien crea tener el toque de Midas:

“Dolarizar no implica la pérdida de nuestra soberanía o la desaparición del bolívar de nuestra economía. Creemos que nuestra moneda nacional puede convivir perfectamente con el dólar. Lo que ofrecemos es una opción voluntaria: que cada venezolano reciba su sueldo en bolívares o en dólares, de acuerdo a su propia elección. Al mismo tiempo, ofreceremos la opción de acordar contratos denominados en la moneda que las partes consideren apropiada. Esta elección viene acompañada de un compromiso por parte del Estado venezolano. Frenaremos en seco la impresión de dinero y acumularemos las reservas internacionales necesarias para respaldar todos y cada uno de los bolívares que hay en circulación. Al mismo tiempo, garantizaremos que cualquier ciudadano que así lo desee pueda cambiar todos sus bolívares por dólares, sin ninguna clase de cuota o restricción, y a una tasa fija e irrevocable” (2018: 21).

En primer lugar, cabe advertir que frenar la hiperinflación exige también políticas de disciplina fiscal. No es sólo cuestión de política monetaria, la cual -por cierto- pasaría a depender de decisiones de emisión de la Reserva Federal de Estados Unidos.

Por si fuera poco, el mercado de divisas también obedece a la ley de la escasez; es decir, cuando la demanda de un bien (el dólar) permanece constante (crece) y la oferta del bien disminuye (permanece constante), su precio (tipo de cambio) aumenta. Si el principal sector que atraía la inversión extranjera –la entrada de divisas- está quebrado y el Arco Minero genera dudas y preocupación ecológica, ¿quién garantiza que la demanda interna de dólares, suponiendo el ascenso de otro gobierno, no se traducirá en mayor presión hiperinflacionaria?

“Planteamos una dolarización de la economía sobre una base voluntaria. El Banco Central de Venezuela se ofrecería a cambiar los bolívares en circulación a la tasa de conversión. El sector público ofrecería a sus empleados la posibilidad de ser pagados en dólares o en bolívares. Los venezolanos que quieran seguir usando el bolívar podrán seguirlo usando. Los contratos del sector privado se podrán firmar en dólares o bolívares.  La dolarización también implica retos significativos. No tenemos ninguna certeza de que, al derrotar a Nicolás Maduro y asumir el poder, encontraremos en las bóvedas del Banco Central la cantidad de divisas que dicen que tenemos. Sin embargo, en caso de que encontremos estas bóvedas vacías, podemos recurrir a los organismos internacionales y utilizar los recursos que de otra forma se usarían para defender o manejar un tipo de cambio, entregándolos a la población a cambio de sus bolívares” (2018: 22).

Dado que desde hace unos años los bienes inmuebles han estado siendo transados en dólares, ¿en qué cabeza cabe que habría empleados y obreros interesados en conservar montañas de billetes sin poder adquisitivo? Sencillamente, con una previsible insuficiencia de dólares en las bóvedas del Banco Central, la demanda excesiva dispararía el tipo de cambio y la gente terminaría quemando los bolívares del cono actual o futuro.

Así como la princesa Zoe fue convertida en estatua dorada, dolarizar la economía conlleva hacerlo con todos los precios, en particular, el de la gasolina. ¿Acaso hay ingenuos que piensan que Dionisos (Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo y Fondo Monetario Internacional) les concederá el toque de Midas (un préstamo de 50 o 60 mil millones de dólares) sólo para que canjeen dólares al más puro estilo de la extinta Comisión Nacional de Administración de Divisas (CADIVI)? No, Dionisos –Dios de los placeres- otorgaría el don y, con éste, la penitencia: un programa de disciplina fiscal.

@guimarcastel

 

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