Venezuela, 1998-2018: La otra convergencia

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Por: Guillermo Martín | Dr. en Ciencias Políticas y Sociales

El Partido Convergencia

Hace ya 25 años, la dirigencia de Acción Democrática (AD), partido socialdemócrata, se burlaba de la alianza surgida tras la primera gran división del Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), de ideología demócrata cristiana, partido con que se había alternado en el poder desde 1958. Irónicamente el protagonista del cisma copeyano era uno de sus líderes fundamentales: Rafael Caldera, quien ganó la presidencia en 1968, beneficiándose de la tercera división de AD.

Entonces Caldera, enfrentado a sus delfines Eduardo Fernández (secretario general) y Oswaldo Álvarez Paz (gobernador del Zulia), buscaba su sexta candidatura presidencial y la obtuvo tras ser “excluido” de COPEI. La alianza calderista era tan heterogénea –docena y media de partidos- que incluía hasta al Movimiento al Socialismo (MAS), al Partido Comunista de Venezuela y al que fuese último grupo guerrillero, Bandera Roja. La cúpula adeca llamaba despectivamente “chiripero” a la alianza encabezada por la facción copeyana –Convergencia- y el MAS.

El venezolanismo “chiripa” se aplica a una especie de cucarachas muy pequeñas (Blattella germanica) y “chiripero,” a un gran número de ellas. Cuando los periodistas le preguntaron al anciano dirigente qué opinaba sobre el término, su respuesta se convirtió de inmediato en su lema de campaña: “Chiripa come cogollo.” Se trataba de un refrán rematado por otro venezolanismo, utilizado tanto para denominar el brote tierno y cerrado de hojas, cuando una rama está creciendo, como para aludir a lo cerradas que son las cúpulas partidistas. Su mensaje era muy claro: Por insignificantes que parecieran aquellas organizaciones, unidas podrían vencer al bipartidismo tradicional, lo cual efectivamente ocurrió.

La convergencia partidista

La derrota de 1993 había hecho mucho daño al interior de AD y COPEI, pero lo peor estaba por venir. Ante el meteórico ascenso en las encuestas de Hugo Chávez, protagonista de la rebelión militar del 4 de febrero de 1992, sobreseído por Caldera en 1994, los partidos tradicionales no sólo fueron anulando sus diferencias programáticas, sino que adelantaron las elecciones legislativas y regionales de 1998, las cuales eran concurrentes con las presidenciales, buscando evitar el efecto halo del carisma de Chávez hacia sus candidatos a diputados, senadores y gobernadores.

Como acto final desesperado, los partidos protagonistas del Pacto de “Puntofijo” (1958) y el “pacto institucional” (1970) defenestraron a sus candidatos, brindando apoyo más expreso que tácito al exmandatario carabobeño y presidente fundador de la Asociación de Gobernadores de Venezuela: Henrique Salas Römer. Tras ese “abrazo de la muerte,” el abanderado de la descentralización, iniciada en 1989, repentinamente fue percibido como representante de “más de lo mismo” y no del cambio que sólo Chávez podría traer.

Aquella decisión de último momento fue evidencia de lo que autores como Noam Lupu denominan convergencia partidista; es decir, una situación donde las ofertas de dos o más partidos son tan similares que resultan indiferentes al elector, quien, si está en desacuerdo con ellas, terminará votando por otra marca partidista que suponga sí defiende los intereses de su corporación o estrato social y muestre un contraste claro con aquellos partidos.

La marca partidista es una identidad social en permanente construcción; por tanto, el elector votará por aquella plataforma que crea más próxima a sí mismo, que le represente mejor. Cuando un partido renuncia a sus principios y defrauda a su electorado, o su oferta se hace confusa (inconsistencia), la marca tiende a diluirse. Si la dilución coincide con una crisis prolongada, el partido tiende al colapso.

La convergencia post-Chávez

Desde 2007, previo a su fallida reforma constitucional, Chávez cambió la denominación de los ministerios añadiendo el sintagma preposicional “del Poder Popular.” Un lustro después, los gobernadores Henrique Capriles (Primero Justicia, Miranda) y Henri Falcón (Patria para Todos, Lara) habían copiado el ingrediente del sintagma preposicional o un adjetivo para los despachos de sus correspondientes trenes ejecutivos. Por ejemplo, Secretaría de Progreso Educativo de Miranda o Gobierno Progresista de Lara. Más grave aún, uno de los lemas de Capriles en la campaña presidencial 2012 fue “el autobús del progreso,” una metáfora de inclusión y continuidad del socialismo (clientelismo) del régimen. De allí también surgió el nombre del partido fundado por Falcón: Avanzada Progresista. Quizás diría Lupu: sin contraste claro con el chavismo, no hay razones de peso para no votar por “el malo conocido.” Hasta en la oposición el vocablo liberalismo parece proscrito. ¿Dónde está la oferta de cambio? ¿Un cambio de actores con el mismo libreto?

Esa fue la advertencia de Miguel Henrique Otero a la dirigencia opositora, en su editorial “Otro año sin relato,” el 30 de diciembre pasado: “La narrativa de la oposición, si concedemos que existe, rara vez busca apoyo en la evolución de la sociedad… La experiencia de la democracia representativa pocas veces tiene cabida en sus intervenciones, como si les produjera vergüenza referirla. En suma, han impuesto un discurso plano e irrelevante cuyo destino es la fugacidad.” Como fugaz fue el entusiasmo tras el 16 de julio de 2017…

@guimarcastel

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