Un cáncer terminal

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Por: Pedro Pedrosa | Consultor político

Publicación original para la revista Acción Política

Pocas cosas deben ser más nocivas y perturbadoras en el mundo que, tras luchar arduamente contra un cáncer, su medico le dice “ya no hay  nada más que hacer”, peor aún es que el paciente sufra un súbito deterioro en su salud y tras visitar al médico este le diagnostique “un cáncer terminal”. Los planes, las aspiraciones, todo se va en un instante; el sentimiento de dejar solos a quienes te aman, en fin. Espero que ningún lector tenga que sufrir esta situación, no ha sido mi caso (en materia de salud), pero imagino la situación con absoluta claridad, ya que he vivido en carne propia un cáncer terminal que algunos llaman “pooulismo”.

No llegó a Venezuela sin avisar, al contrario, se mostraba con absoluta claridad, siendo aún más preciso era nuestro modus vivendi, pero éramos demasiado arrogantes para darnos cuenta, de hecho, parecíamos disfrutarlo; el concepto de nación se desvaneció y todo quedó siendo pueblo. Recordemos que para Giovanni Sartori en su libro Fundamentos de Teoría Política, reiterado además en La democracia en treinta lecciones, el pueblo es il popolo “los pobres”. Suena hermoso eso de “gobernar para los pobres”, pero es una desgracia que consume las posibilidades de desarrollo de cualquier nación. Quienes hacen campaña o quienes gobiernan para los pobres, generan una fractura en la sociedad en su conjunto, de allí surge el desvanecimiento del concepto de nación, ya que una nación la hacen “todos”, sin ricos que generen riqueza no habrá pobres que puedan aspirar a la misma, y por otro lado los pobres son eso, “pobres” no minusválidos.

Sin embargo, la democracia venezolana siempre se inclinó por la opción de la pobreza, desde el discurso hasta el ejercicio del poder, y puede parecer paradójico, pero es una consecuencia natural que ese curso de acción lleve a producir más pobres. Bastó tratar de enmendar el rumbo en el año de 1989 con el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez para que todos nuestros atavismos y nuestra fascinación por la pobreza mostrasen su lado más oscuro, y entráramos en la vorágine de populismo y demagogia que ha sumido al país con mayor potencial de Hispanoamérica en el más miserable de la región. Pero volviendo al tema de el cáncer terminal, no nos dieron un diagnostico súbito; éramos fumadores crónicos y el cáncer fue una consecuencia natural.

Quienes estén leyendo esto con asombro deberían ir tragando grueso, Venezuela no es una excepción, es simplemente la confirmación de la regla. Desde México hasta la Patagonia -sin excepción-, todos los países latinoamericanos adoran la pobreza, lejos de verse en el espejo avanzan en la misma dirección. Los líderes no son tal cosa, son demagogos, los consultores empujamos a los políticos a obedecer las sondeocracias (hacer encuestas y en función de sus resultados decir al elector lo que quiere oír y no lo que se debe hacer). En la política moderna (mejor dicho posmoderna) todos estamos enfocados en ser simpáticos,  dentro de poco nuestras elecciones serán concursos de belleza; osamos nombrar a Churchill o a Thatcher como si estos hubiesen sido ejemplos de simpatía, cuando, por el contrario, hicieron alarde de tenacidad y firmeza a expensas de su popularidad,  así se va desarrollando un espiral demencial.

Algunos países han logrado crear diques de contención, otros diques parecen estar a punto de romperse, y me refiero específicamente a Colombia y a México. Hecha esta alerta, llega el momento de abandonar la narrativa argumentativa (por demoledora que sea) y comenzar a señalar algunas características que nos permitan crear una definición acertada y por ende un diagnostico apropiado del cáncer y así poder ofrecer el tratamiento apropiado oportunamente.

APROXIMACIÓN TEÓRICA PARA DEFINIR EL FENÓMENO

Como referencia utilizaré la obra del historiador italiano Loris Zanatta, quien hace una revisión de los regímenes populistas latinoamericanos, esto solo nos ofrecerá unas pistas que a la vez he de aderezar con la amarga experiencia venezolana. Para comenzar, el populismo es una ideología, y me veo obligado a detenerme, ya que existe en el ámbito político un deliberado empeño en asesinar las ideologías, esto es como pretender asesinar la propia política; lo cual para los efectos se convierte en un suicidio. Durante la inauguración de la XI Cumbre de Comunicación Política en Cartagena, uno de los conferencistas que abrió la plenaria usó la frase “asesinemos las ideologías” (el buen profesor Sartorí debió revolcarse en su tumba). Y es que las ideologías son la parte política de nuestras creencias y, por lo tanto, lo más político de nuestro ser. Todos actuamos en política en función a unas creencias, y estas a su vez crean una estructura de ideas que podemos señalar con absoluta claridad como ideología. Nuestro problema es que, por lo general, no somos capaces de definirnos ideológicamente y, por lo tanto, preferimos evadir esta realidad.

Como ideología, el populismo obedece a alguna de las grandes corrientes de esta índole y claramente sus orígenes se encuentran en el Marxismo, ya que según Zanatta, es de inspiración “colectivista”, y “anti individualista” (para la comprensión de los balances entre Colectivo, Individuo y Estado se recomienda la lectura de Walter Montenegro, Introducción a las doctrinas político-económicas). Esta característica colectivista suprime la voluntad del individuo, el disenso esta prohibido para el populismo. Zanatta avanza en su definición apuntando al carácter apolítico y anti-político del populismo, con lo cual incurre en un gran error; según el autor el carácter apolítico obedece a su característica social, sin embargo, toda reacción o inacción de la social reviste un carácter político, el carácter anti-político (según Zanatta) responde a la aspiración de una sociedad “justa”, sin embargo, si es colectivista no será justo, ¿les sorprende? ¿Qué hay de sorprendente en afirmar que donde se impone el espíritu colectivo se suprime la individualidad? ¿Quién define el espíritu colectivo? Todo en la esfera populista es político, los regímenes populistas hacen girar todo, absolutamente todo, en torno a la política y -agrego yo- nada es antipolítico.

La tercera característica sería la idealización populista de todo lo pasado o ancestral. Para el populista “el orden actual está corrompido” y, por ende, “se debe retornar a las raíces”, de allí que no sorprenda que la revolución venezolana sea “Bolivariana”, y que la imagen del prócer en cuestión sea constantemente manoseada por los perpetradores del crimen (¡Si! el accionar populista es criminal). Finalmente, el populismo “dirige a la totalidad del pueblo” y “aparece en momentos de crisis”, recordemos que “el pueblo” son los pobres, y por otro lado “las crisis” existen constantemente en el accionar político, de cualquier forma, si no existe una crisis el populista la creará para echar el piso necesario para su arribo o permanencia en el poder.

El populismo aparece ofreciendo la reivindicación a cualquier demanda, no importa de que grupo sea; en Venezuela se trataba de atender a los pobres, y su reivindicación era el combate a la corrupción. A veinte años del inicio de la revolución, los corruptos del pasado quedaron como carteristas de esquina al lado de la voracidad de la casta socialista que desgobierna a Venezuela. La gran manipulación populista gira en torno a que, en el ofrecimiento de esas “reivindicaciones”, se ve en la necesidad de crear un “enemigo”, este será el responsable de la demanda del pueblo que el populista ofrece resolver. La satisfacción de esta demanda pasa por la aniquilación (al menos política) de ese enemigo; el populista crea su adversario y pone en torno a este el odio y el resentimiento de la masa que aspira dirigir, y en el logro de su aniquilación la esperanza de quienes muerden el anzuelo. No hay populismo únicamente en la lucha de clases, lo hay en la ideología de género, en el feminismo, en el indigenismo, el ecologismo, los movimientos de reivindicación de las “minorías negras”; todos tienen un enemigo y lo buscan entre quienes deberían ser complemento y no adversario.

De modo que, en virtud de la caracterización de Zanatta y, pese a algunas imprecisiones que son reafirmadas por José Luis Villacañas en su obra Populismo, podemos definir este como “un fenómeno político de carácter ideológico, cuyas raíces colectivistas lo atan a las tesis marxistas; emerge en momentos de crisis política, ofreciendo la reivindicación de un sector de la sociedad, al cual arropará bajo el nombre de “pueblo” y procurará alcanzar esas reivindicaciones a través del conflicto con otros sectores de la sociedad”.

DE LA TEORÍA A LA REALIDAD

Si bien la primera expresión del populismo es en el ámbito de la comunicación y el discurso, su faceta mas tenebrosa se muestra en el ejercicio del poder; la reivindicación ofrecida se convierte en un desiderátum, el pueblo siempre debe estar “atravesando un proceso”, la tan anhelada reivindicación, siempre está sujeta a un “proceso de transformación”, dicho proceso exigirá sacrificios por parte de el pueblo, todo es válido para ejecutar el proceso y este culmina con la destrucción de algún grupo de la sociedad que, desde la óptica populista, impide alcanzar el objetivo reivindicativo del pueblo. Todo proceso de transformación concluirá para iniciar uno nuevo, siendo la voluntad del populista de turno la que defina reiteradamente el interés del pueblo. Jacob Talmon describe claramente esta espiral en El origen de las democracias totalitarias, sin embargo, la forma como se sostiene el populismo en el poder, pese a sus rotundos y reiterados fracasos, la reflejó con total clarividencia Erick Blayr (mejor conocido como George Orwell) en su obra 1984. El populismo construye una neolengua y a través de ella roba la capacidad de abstracción del pueblo.

Los efectos son devastadores, no queda piedra sobre piedra, la afectación moral de las sociedades víctimas del populismo tarda años en ser regenerada, y el sometimiento es a través del hambre, lo que según el afamado periodista Martín Caparros en su obra Crónica “es el peor de los males de la guerra”. El hambre roba la dignidad de las personas, anula su capacidad de pensar y, paulatinamente, sus víctimas dejan de vivir y se acostumbran a sobrevivir.

NADIE DEJA EL CIGARRILLO POR UN AMIGO QUE MUERE DE CÁNCER DE PULMÓN

Inicié este artículo haciendo referencia a “una enfermedad terminal” y evidentemente no son frecuentes los casos en que alguien deje de fumar porque un amigo o allegado padezca o haya muerto por cáncer de pulmón, producto del cigarrillo. Pese al estruendoso fracaso del proyecto político bolivariano otros países de la región son vÍctimas o están rumbo a convertirse en victimas de estás practicas populistas. Del trabajo en la redacción de mi libro Así se exportó la Revolución entendí que el proyecto es expansionista y que no tiene intención alguna de apartarse del poder; pero ni siquiera los ya más de cuatro millones de venezolano que han emigrado -en los veinte años de revolución- han servido a otras naciones de la región para blindar sus democracias e impedir la penetración de este fenómeno. En abril del año pasado, previo a las elecciones presidenciales en el Ecuador, escribí un artículo titulado La ignorante arrogancia, en el que hago una descripción breve de cómo Venezuela cayó en el abismo populista y señalo los países que, ya para aquel entonces, avizoraba próximos a caer.

Los próximos procesos electorales en Latinoamérica muestran claramente que nadie aprende por cabeza ajena y desgraciadamente seguiremos viendo regímenes populistas. Podrán hacer las especulaciones y análisis que deseen sobre la inviabilidad de repetir el caso venezolano en otro u otros países de la región, y todos esos análisis se estrellaran contra la naturaleza populista de los actores que, por arrogancia o por conveniencia, se niegan a señalar.

El empeño en enfrentar el “socialismo carnívoro” con “socialismo vegetariano” ha convertido la política en un concurso de simpatías, donde los aspirantes al poder se esfuerzan en construir ofertas extorsivas que probablemente saben de antemano que no podrán cumplir. No hay disposición de inspirar a nuestras sociedades al trabajo y al esfuerzo, ya que es más popular y más barato invitarlos a vivir de la bondad del líder y de los escasos recursos del Estado. Insistimos en la idea de “distribuir la riqueza” cuando en realidad es imposible distribuir lo que no se ha creado, hemos hecho propaganda a la ficción de que se pueden obtener cosas gratis, pese a que la evidencia demuestra que en efecto nada es gratis. En lugar de enfrentar la demagogia y el populismo decidimos competir en el mismo terreno procurando derrotar al populista con más populismo.

No sé donde terminaré mis días, de lo que si estoy seguro es que será en algún lugar donde lo único que me ofrezca el Estado sea la protección necesaria para desarrollar el talento de mis hijos y donde ellos, con ese talento, sean capaces de generar riqueza. Una vez fue suficiente para soportar el sufrimiento que esta ideología genera, no deseo a ningún otro país sufriendo como mis paisanos UN CÁNCER TERMINAL.

@soypedropedrosa

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